jueves, 3 de junio de 2010

2. El día en que Laura descubrió el helado de macadamia.





Hacía un calor insufrible – como todos los calores que se insufren en Valencia – y era tarde. Muy tarde. Alguien jugaba la play en el salón de su casa, y otro alguien dormitaba a su lado en el sofá. Habían cenado pizza. Laura estaba sentada en pijama en el sofá, como si fuera una jefa india – Peter Pan siempre, Cosa – y sobre la mesa quedaba un poco de helado. Laura lo miró. Posiblemente pensaría que no iba a ser granizado de limón, lo miraría con recelo, con ese mismo recelo que siente laura hacia las cosas dulces. ¿Pero qué más daba? Debía aprovechar las excusas que el mundo le daba -como que hacía calor, como alguien jugaba la play y el turno no le llegaba y e el sitio de la lado yo dormía, - lo probó. Bien, vale, no se arrepentía.

Y ahora cosa, vete al caralibro :O
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sábado, 1 de mayo de 2010


Hay una cosa que se llama tiempo, Rocamadour, es como un bicho que anda y anda. No te puedo explicar porque eres tan chico, pero quiero decir que Horacio llegará en seguida. ¿ Le dejo leer mi carta para que él también te diga alguna cosa ? No, yo tampoco querría que nadie leyera una carta que es solamente para mí. Un gran secreto entre los dos, Rocamadour. Ya no lloro más, estoy contenta, pero es tan difícil entender las cosas, necesito tanto tiempo para entender un poco eso que Horacio y los otros entienden en seguida, pero ellos que todo lo entienden tan bien no te pueden entender a ti y a mí, no entienden que yo no puedo tenerte conmigo, darte de comer y cambiarte los pañales, hacerte dormir o jugar, no entienden y en realidad no les importa, y a mí que tanto me importa solamente sé que no te puedo tener conmigo, que es malo para los dos, que tengo que estar sola con Horacio, vivir con Horacio, quién sabe hasta cuándo ayudándolo a buscar lo que él busca y que también buscarás, Rocamadour, porque serás un hombre y también buscarás como un gran tonto.

Es así, Rocamadour: En París somos como hongos crecemos en los pasamanos de las escaleras, en piezas oscuras donde huele a sebo, donde la gente hace todo el tiempo el amor y después fríe huevos y pone discos de Vivaldi, enciende los cigarrillos y habla como Horacio y Gregorovius y Wong y yo, Rocamadour, y como Perico y Ronald y Babs, todos hacemos el amor y freímos huevos y fumamos, ah, no puedes saber todo lo que fumamos, todo lo que hacemos el amor, parados, acostados, de rodillas, con las manos, con las bocas, llorando o cantando, y afuera hay de todo, las ventanas dan al aire y eso empieza con un gorrión o una gotera, llueve muchísimo aquí, Rocamadour, mucho más que en el campo, y las cosas se herrumbran, las canaletas, las patas de las palomas, los alambres con que Horacio fabrica esculturas. Casi no tenemos ropa, nos arreglamos con tan poco, un buen abrigo, unos zapatos en lo que no entre el agua, somos muy sucios, todo el mundo es muy sucio y hermoso en París, Rocamadour, las camas huelen a noche y a sueño pesado, debajo hay pelusas y libros, Horacio se duerme y el libro va a parar abajo de la cama, hay peleas terribles porque los libros no aparecen y Horacio cree que se los ha robado Ossip, hasta que un día aparecen y nos reímos, y casi no hay sitio para poner nada, ni siquiera otro par de zapatos, Rocamadour, para poner una palangana en el suelo hay que sacar el tocadiscos, pero donde ponerlo si la mesa está llena de libros. Yo no te podría tener aquí, aunque seas tan pequeño no cabrías en ninguna parte, te golpearías contra las paredes. Cuando pienso en eso me pongo a llorar, Horacio no entiende, cree que soy mala, que hago mal en no traerte, aunque sé que no te aguantaría mucho tiempo. Nadie se aguanta aquí mucho tiempo, ni siquiera tú y yo, hay que vivir combatiéndose, es la ley, la única manera que vale la pena pero duele, Rocamadour, y es sucio y amargo, a ti no te gustaría, tú que ves a veces los corderitos en el campo, o que oyes los pájaros parados en la veleta de la casa. Horacio me trata de sentimental, me trata de materialista, me trata de todo porque no te traigo o porque quiero traerte, porque renuncio, porque quiero ir a verte, porque de golpe comprendo que no puedo ir, porque soy capaz de caminar una hora bajo el agua si en algún barrio que no conozco pasan Potemkin y hay que verlo aunque se caiga el mundo, Rocamadour, porque el mundo ya no importa si uno no tiene fuerzas para seguir eligiendo algo verdadero, si uno se ordena como un cajón de la cómoda y te pone a ti de un lado, el domingo del otro, el amor de la madre, el juguete nuevo, la gare de Montparnasse, el tren, la visita que hay que hacer. No me da la gana de ir, Rocamadour, y tú sabes que está bien y no estás triste. Horacio tiene razón, no me importa nada de ti a veces, y creo que eso me lo agradecerás un día cuando comprendas, cuando veas que valía la pena que yo fuera como soy. Pero lloro lo mismo, Rocamadour, me equivoco, porque a lo mejor soy mala o estoy enferma o un poco idiota, no mucho, un poco pero eso es terrible, la sola idea me da cólicos, tengo completamente metidos para adentro los dedos de los pies, voy a reventar los zapatos si no me los saco, y te quiero tanto, Rocamadour, bebé Rocamadour, dientecito de ajo, te quiero tanto, nariz de azúcar, arbolito, caballito de juguete ...


CORTÁZAR, Rayuela, 32.

domingo, 27 de diciembre de 2009

carta a todas tus catástrofes

Estimado señor Equis:

Sigo esperando la carta que me prometió aquel día, aunque no le culpo si se te olvido escribirla. Suelen olvidarse cosas en estos días. Por ejemplo, yo he olvidado como se llamaba y a veces no me acuerdo ni de como me llamo yo. ¿Debería disculparme por eso? Realmente creo que sólo pedimos perdón cuando necesitamos ser perdonados. Y yo no lo necesito, al menos no ahora.

Lo cierto es que le escribo porque me preguntaba cómo se encuentra ahora, si es capaz de mirar a la gente desde arriba o si sigue considerando que es mejor analizarlos desde abajo, como a los pájaros. ¿Continúa usted interesado en la ornitología? Nunca comprendí su obsesión por saber cómo se ve el mundo desde arriba, cuando usted y yo sabemos que desde lo alto de los rascacielos, nadie se fija en quién es quién, sino que simplemente se mira. Nosotros nos hartamos de mirarnos. ¿ve? Debería pedirme perdón por eso, por haberme hecho recorrer a nado tantos kilómetros hasta usted y después haberme abandonado, pero bueno, repito, que si no considera que debe ser perdonado....

Quisiera decirle que siento haber sido tan antipática la última vez que nos encontramos. Coincidirá usted conmigo si le digo que un ascensor es un lugar terriblemente agobiante. No me gustan los sitios cerrados y por eso siempre nos encontrábamos en terrazas y parques. Luego usted, me invitaba a un helado de chocolate. Hasta que se fue sin avisar. Fue tan descortés por su parte... Pero bueno, ya no me voy a lamentar.

Recuerdo que la última vez que le vi aún caminaba por las calles de su ciudad imaginaria. No hablo de Macondo, precisamente, sino de una ciudad sin apenas casas. Usted estaba empeñado en que las casas no nos hacen más felices sino más infelices porque nos recuerdan que tenemos un lugar al que regresar y eso nos quita libertad. Supongo que por eso usted se empeñaba en transformar la realidad en imágenes mentales. Nunca se fijó en que los adoquines de las calles podían dirigirse a Oz. No sé, señor Equis, pero creo que no está mal tener un lugar al que volver cuando estás cansada. Realmente el mundo se está haciendo un lugar complicado, y empiezo a entender que usted prefiriera marcharse lejos de él. Me pregunto cómo se fue, que camino eligió y si algún día podría seguirlo yo. La vida no es fácil, Equis, pero usted lo mejoraba cuando se negaba a creer que fuese tan desagradable como se mostraba. Usted me donaba fe, y yo a cambio no le daba nada. Ni siquiera cariño. ¡Si viese las veces en las que me he arrepentido! Por eso sí que le pido perdón, ya ve. Es que hay historias que no acaban nunca, ¿sabe? Porque nunca recordamos olvidarnos de lo que queremos recordar.

Le interesará saber que ya he avanzado mucho en el puzzle que compramos usted y yo en el mercadillo. El enorme puzzle mundial de 50000 piezas. Europa ya está conquistada, ¿sabe? Cuando miro las capitales recuerdos sus lecciones de historia y geografía y se me viene a la mente eso de que si alguien destruyó a Napoleón fue él mismo. Sobre eso.... ¿nunca se ha planteado usted ser emperador francés? Hubiese sido un tirano estupendo.

Realmente espero que se encuentre bien,

Señorita I Griega.



Pubicado en el periódico Delicias al Día en octubre de 2007.

jueves, 3 de diciembre de 2009




Los dos nos quedamos sin pulso al romperse la boca con tanta obediencia.



letra aquí

domingo, 22 de noviembre de 2009

Me quedaré callada. No diré nada que no deba decir. O a lo mejor sí. A lo mejor se me escapa la primera persona del plural. A lo mejor un pronombre que incluya a alguien más que a mí. Esperaré a que hable. A que alguien diga alto y claro lo que quiero oír. Y que entonces el mundo se quede en silencio. Muy quieto, muy parado. Que no haya pupilas suficientes para abarcar el momento. Ni sentidos. Que sean droga las palabras. Adicción pura y dura. Alcohol y escalofríos. Y luego perder el sentido. Pero que haya manos para tocar vida. Que haya labios para tener amor, y orejas que escuchen las palabras que (me) digas.

sábado, 24 de octubre de 2009

Poema I.

Que me dejes que me arañen otros gatos
la espalda,
las piernas,
el alma.
Y caminen por mi cama sus manos,
sus labios,
sus ojos.
Aunque siete segundos después no haya tiempo
para graparnos
la piel contra
la piel.
Pero a lo mejor sí graparle y coserme
en la almohada
en el almanaque
en la foto que nunca rompes,
en el rincón inerte de nuestro aire,
en la sangre,
que hacen los gatos al arañarme.




Poema I, Irene Díez.

martes, 25 de agosto de 2009

vive.

Hola.
Venía a decir que... no he muerto. Puede que parezca que lo he hecho pero sigo viva y coleando. No paro quieta, de hecho. Creo que algo se ha colado dentro de mí y no me deja conformarme sólo con éste mundo. Siempre supe que todo esto no es lo suficientemente grande como para perderme del todo. En fin, el asunto es que hace unas dos semanas que volví de viajar por Europa y aún no me acostumbro al cambio: a vivir aquí, a estar aquí, a saber que voy a permanecer durante otra larga teporada en un aquí tan... definido. Me agobio un poco, sinceramente todo éste asunto me angustia una barbaridad. Es que... ha sido maravilloso ¿sabéis? Maravilloso al cuadrado. Viajar en tren, no tener límites, concoer la libertad, sin límite de espacio. Eso ya, ahora mismo, es difícil de ver. Porque he vivido: He conocido fugitivos, y tocado el hielo de un glaciar en los Alpes, he reído, he metido al pata, he conocido gente. He visto cómo se hace negocio con algo tan terrible como el muro de Berlín. He visto la lista de judíos que murieron en Praga que llena paredes, y he caminado por sus calles y me he enamorado repetidas veces de hombres con los que jamás hablé. He cruzado el mar en tren. Y he improvisado, y caminado entre prostituas holandesas que hablaban español. He llegdo a París y caminado por el sena, aunque en ningçun momento planease hacerlo. He vuelto a casa y me quiero volver a ir.
Escribí una vez en esa novela que creo que nunca terminaré, que Postal y Cereza viajaban por éste mundo y se enamoraban de él. Nunca pensé que tuviera dotes, adivintaorias, ni mucho menos, pero he caído a los pies de Europa. Maldito viejo continente que encandila. Así que ya ves, vengo enamorada de una mujer que nunca me corresponderá.
Pero lo peor no es eso. Lo peor viene ahora, cuando recuerdo y siento los ausencias. Nunca lo he comentado pero no me gusta sentir ausencias, y por eso escribo sobre ellas. La ausencia de Postal, la de la libertad, la del tiempo, la ausencia de un mundo que no tenga límites, ni fronteras. Si viviese en el siglo XIX me habría montado en un barco que me llevase hasta dónde nadie había llegado, había tanto por descubrir por entonces. Tendría que haber sido una chica rica para todo eso, pero bueno, soñar sigue siendo gratis. La verdad es que ahora comprendo un poco mejor a los emperadores que, como Napoleón, quisieron hacer de Europa su posesión. Tenerla presente, fueses donde fueses, contigo. Y luego hacerte con el mundo, ya no por el hecho de poseer sino por algo más íntimo: dejar algo de ti en todas partes, y que todas partes dejen en ti algo. Es una sensación increíble, de esas que te hacen cerrar los ojos y disfrutar del momento. Yo lo comparo con el chocolate, tú, si quieres, puedes compararlo con el sexo.
A todo esto, no pretendo dar clases existenciales como si en vez de dieciocho años tuviese ciento cuarenta. No me van esos rollos. Carpe Diem. Tempus fugit. estoy convencida de que los conocéis todos. Horacio fue un poco pesado con el tema cuando escribió sobre el asunto. Bueno, al lío.... que como he dicho sólo quería hacer notar que sigo viva, más viva que nunca.